El vínculo es lo que sana

Al cumplir veinticinco años había pasado por varios psicólogos, brincaba de una terapia a otra para no reconocer que necesitaba ayuda; fingía que tenía una vida perfecta y sin un sólo problema. A mi terapia, llevaba problemas ajenos, hablaba sobre lo mal que yo consideraba vivían mis amigas, lo equivocadas y tóxicas que habían sido mis relaciones anteriores y problemas laborales que en realidad, no necesitaban ser analizados. Cuando conocí a mi psicóloga actual, seis años hace ya, sentí que

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Retando mis propias gordofobias

Estoy frente a mi nutrióloga, Raquel Lobaton, en una video llamada. Lloro a mares… por la comida, por mi cuerpo y por este estúpido estándar de belleza que no puedo alcanzar. He perdido diez años persiguiéndolo, haciendo dietas desintoxicantes, entrenándome en exceso y compensando cada pequeña cosa que como. Entre lágrimas le explico que no quiero vivir, porque me encuentro tan enredada en el trastorno alimenticio que no encuentro los recursos para salir de ahí y me estoy cansando de

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El vacío que habita en mí

Sentí el vacío por primera vez a los catorce años, cuando en mis problemas adolescentes no podía encajar en ningún círculo social en mi secundaria. Me sentía sola y el vacío comenzó a ser mi fiel acompañante. Poco a poco creció dentro de mí, me convertí en una persona deprimida, enojada y con un gran desprecio por mi misma. Con el tiempo, el vacío comenzó a tomar poder y logré hacerlo tangible. Si no ingería alimento, podía sentir el hambre

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Y el infierno, ¿a dónde se fue?

25 de septiembre del 2016 Estoy sentada frente a la psiquiatra en la clínica de trastornos alimenticios. Estoy en crisis, llorando por un pedazo de tinga que me causó un ataque de ansiedad incontrolable. Entre lágrimas le expreso que ya no quiero vivir porque es la realidad, el internamiento me parece imposible de soportar. Golpeándome las piernas le explico que no tolero mi cuerpo; al grado de ni siquiera poderme poner crema por las noches. Lloro también por todas las

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Los dos lados de la balanza

Estoy sentada en mi cuarto de la infancia pensando en lo difícil que han sido estos últimos meses. La cuarentena parece haberse llevado lo mejor de mí. Me siento miserable y sumamente triste y no sé si pronto este sentimiento pasará. Pienso en las formas en las que puedo adormecer mi dolor y lo único que se me ocurre es volver a las garras del trastorno; tal vez si siento hambre, no puedo sentir nada más. Me acuesto en la

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Los trastornos alimenticios no tienen un determinado tipo de cuerpo

Ojerosa y hasta los huesos. Eso es lo que creía que significaba tener anorexia, o al menos eso me habían enseñado en la preparatoria; mujeres que no comían nada, que se les podía entrever cada uno de sus huesos y con prominentes clavículas. La realidad es que el estereotipo de una persona que padece un trastorno alimenticio no podría estar más alejado de la realidad y para una adolescente que sabía poco, no pude hacer consciencia de enfermedad. Creía, ilusoriamente,

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Hoy no entré en mis pantalones

Ahí estaban, esperándome en la esquina de mi clóset. Una parte de mi sentía que me retaban, que me hablaban y seducían para caer de vuelta a la enfermedad. Esos pantalones a rayas que tanto me gustan y que desde el inicio de la pandemia, he decidido no usar. Son pegados al cuerpo y el botón siempre me ha quedado un poco justo, por lo que desde que comencé a comer mejor decidí abandonarlos en el fondo del armario. Hoy

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Diciéndole adiós a mi cuerpo enfermo

Durante los últimos cinco meses he llevado una dieta más alta de lo que he estado acostumbrada a hacer durante los últimos diez años de mi vida. Claramente, mi cuerpo ha cambiado. Mis caderas se han vuelto más anchas, mis piernas crecieron y mis costillas dejaron de verse. En ocasiones este hecho me acorrala por lo que intento no pasar mucho tiempo frente al espejo o mirando cuerpo. Hace unos días, estaba borrando fotos viejas y me encontré con imágenes

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Entre el miedo y el hambre

Estoy en el consultorio de mi psiquiatra en crisis. En el verano me percaté que llevaba casi una década luchando contra un trastorno alimenticio y las conductas se salieron de control. Tengo hambre y estoy desesperada. No entiendo nada y honestamente, necesito a alguien que me ponga un alto. Poco a poco, voy destruyendo todo a mi alrededor. En mi desesperación culpo a mis padres y hermanos, a la sociedad, a mi profesión y a mi misma. Me recrimino por

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La enfermedad que existe dentro de mí.

Voy al cine y como palomitas. Antes de ir trabajar, paso por un café al Starbucks. Termino de hacer ejercicio y llego a desayunar huevo revuelto a mi casa. Voy de antro con mis amigas y me pongo una muy buena borrachera. Levanto el teléfono y pido de comer porque es fin de semana. A primera instancia mis conductas parecen normales, pero detrás de todo esto, se esconde un trastorno alimenticio. Hay días que lo tengo claro y otros que

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Nosotras

Nosotras

Mi nombre es Lucía y vivo en una constante paradoja. En cuestiones de segundos paso de la euforia a la depresión, de la calma al caos y de la locura a la sensatez. Estos conflictos me han demostrado que las dualidades y contradicciones vienen a construir lo que significa vivir en consciencia y plenitud.

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La vida en paradoja