Retando mis propias gordofobias

Estoy frente a mi nutrióloga, Raquel Lobaton, en una video llamada. Lloro a mares… por la comida, por mi cuerpo y por este estúpido estándar de belleza que no puedo alcanzar. He perdido diez años persiguiéndolo, haciendo dietas desintoxicantes, entrenándome en exceso y compensando cada pequeña cosa que como. Entre lágrimas le explico que no quiero vivir, porque me encuentro tan enredada en el trastorno alimenticio que no encuentro los recursos para salir de ahí y me estoy cansando de intentarlo. 

Todo a mi alrededor parece desmoronarse cuando lo toco y este odio que tengo hacía mi misma y hacía mi cuerpo me inunda por dentro. Empiezo a darle un millón de motivos por los que necesito bajar de peso y por lo que no puedo permitirme, por nada del mundo, exceder un cierto número de kilos. 

Raquel me mira, me deja llorar y me ve con una mirada que tranquiliza. Escucha todo mi discurso y al terminar dice:

-Pues habrá que comenzar a retar tus propias gordofobias. 

La escucho y me quedo helada. Llevo un año en sesiones individuales con Raquel, se de su activismo contra la gordofobia y sobre salud en todas las tallas. Se la discriminación que existe sobre las personas de talla grande y me molesta su insinuación sobre mi miedo irracional a engordar. 

-No es que discrimine- digo justificándome erróneamente- simplemente la delgadez es muy importante para mi 

Raquel, con toda la paciencia y sin creerme, me dice que estar envuelta en la gordofobia es creer este discurso que las personas delgadas son superiores a las demás, que solo siendo delgadas podemos ser felices y pensar, ciegamente, que las dietas nos llevarán a ese cuerpo tan deseado; por ello, no debemos de renunciar a ellas. 

-No estoy en contra de ti- me dice- estoy en contra del sistema que nos ha hecho creer que la delgadez es sinónimo de salud, que ser gorda es igual a ser una descuidada y de este negocio multimillonario que lucra con nuestras insatisfacciones 

La escucho y me quedo anonadada porque por primera vez comprendo que todo este proceso es más grande que yo, que crecí en una sociedad que me vendía productos para adelgazar, que insistía que al alcanzar cierto cuerpo estaría por fin saludable y que solo merezco sentir placer por comer si peso lo menos posible. 

-Tienes privilegios- continúa -y debes comenzar a visibilizarlos, a ser empática con las personas que no la tienen tan fácil y abrir tus ojos a la gordofobia qué hay dentro de ti. 

Me quedo enmudecida porque sé que tiene toda la razón. Toda mi vida he creído este discurso de que las mujeres debemos vivir a dieta; que no solo es fundamental, sino necesario cuidar tu apariencia y que se me debe ir la vida buscando el cuerpo ideal. 

Comienzo a llorar porque siento que se rompen un montón de ideologías construidas a través de mi adolescencia, por todo el daño que me he hecho queriendo alcanzar la delgadez y por lo agresiva que he sido en contra de las personas de talla grande. 

-Soy parte del problema- contesto 

-Estás dentro de un sistema que violenta, agrede y discrimina. Es momento de salirse de el. 

Escucho a Raquel y en ese momento, hago el compromiso que contribuyó enormemente a mi proceso de recuperación: abrir los ojos a una sociedad que lucra con mi insatisfacción y que deja fuera a todo aquel que se sale de la norma. 

En esa sesión me doy cuenta no solo que soy delgada, sino que vivo con enormes privilegios y qué hay una comunidad grandísima que evidentemente, no la ha tenido tan fácil. 

Entiendo que mi trastorno alimenticio no es únicamente producto del sistema; también hubieron factores familiares, personales y biológicos que contribuyeron a su desarrollo y mantenimiento; pero ahora también entiendo que es mi responsabilidad dejar de fomentar este discurso de odio sobre mi cuerpo y sobre el de todas las personas que se salen de el. 

Al tener esta profunda revelación, me prometo no solo dejar de agredir y estigmatizar, también me prometo dejar ser parte del problema y comenzar a ser parte de la solución. 

Miro a Raquel y sonrió porque ahora sé que soy una gordofóbica en recuperación

-Ese es el primer paso para comenzar la lucha- contesta con orgullo 

Amante del té, las letras y la buena literatura. Sobreviviente de un trastorno alimenticio y orgullosa maestra de danza.

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Sobre mí

Sobre mí

Mi nombre es Lucía y vivo en una constante paradoja. En cuestiones de segundos paso de la euforia a la depresión, de la calma al caos y de la locura a la sensatez. Estos conflictos me han demostrado que las dualidades y contradicciones vienen a construir lo que significa vivir en consciencia y plenitud.

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