Los instantes negros

6 de mayo de 2017. Clínica especializada en trastornos alimenticios. Estoy en la sala de espera por una recaída a causa de mi anorexia. Todo se ve gris como este sillón  y la angustia es más opresiva que otras veces. En un nervioso ritual comienzo a rascar obsesivamente mi brazo derecho,  hasta que lo sangro. Me importa poco. Mis compañeras intentan animarme en este reingreso: que la recuperación vale la pena, que es para vivir mejor…, pero agresivamente las contradigo repitiéndoles que prefiero la enfermedad a la salud. Me siento muy frustrada y disgustada con todos, pero conmigo misma por recaer; me invaden sentimientos intensos y contradictorios. Me odio por ceder a la seductora idea, una y otra vez, de no comer para estar delgada y sentirme bien; detesto la idea de ser incapaz de manejar este viejo trastorno que incluye procesos mentales de negación capaces de hacerme sentir segura de que no me quiero recuperar. 

Todo mi mundo me grita que debo sobreponerme a esta absurda ambigüedad, a esta dualidad que padezco todo el tiempo, pero estoy tan inmersa en mis propios pensamientos y sufrimiento que con arrogancia desautorizo a cualquier profesional creyéndome eso de que nadie es capaz de comprenderme, que ni siquiera lo intenten, por favor. Por eso me he aíslo tanto de manera egoísta y autodestructiva. Continúo sentada en este sillón gris lastimándome el brazo mientras pienso  ¿y si ya mejor  me quito la vida?… No quiero morir, únicamente deseo que todo esto que siento y pienso se detenga y a veces esa idea cómoda  parece la única opción.

Mi recuperación está muy lejos, porque no la quiero; por eso la vida con anorexia es muy difícil: porque pone mi vida en riesgo, tiene a los que amo en permanente ansiedad, el espejo me sigue devolviendo una imagen de mí que odio, pero a la vez me encanta sentir que tengo el control de mi vida, que no se lo voy a ceder a ningún psiquiatra, a ninguna clínica, a ningún amigo, pareja, hermano, amigo o Dios.  

La enfermera se acerca y con un gesto maternal me cura la herida del brazo y la cubre con una gasa. La cocinera nos llama al comedor y nos sentamos a recibir nuestra colación. La enfermera me alcanza una manzana y una barrita de fibra. Pero como lo he venido haciendo desde la primera vez y de nuevo ahora que soy readmitida, me siento con los brazos cruzados negándome a comer. No importa lo que hagan o digan, nada vale lo suficiente  para tomar el tenedor e ingerir  comida.

Mi terapeuta me cita. Al llegar a su consultorio me abraza cariñosamente y me invita a sentarme. Le muestro mis llagas y rompo a llorar desconsoladamente. Quizás esta tristeza tan profunda signifique algo, quizás luego de una década, esté tocando fondo, no lo sé… Como siempre, me mira comprensivamente  y aunque sé que no ha vivido en propia piel lo que me sucede a mí, a ella sí la creo suficientemente inteligente para empatizar conmigo. Me permitió llorar y cuando apenas dejé de sollozar me tomó de las manos y me dijo: -No importa que no creas posible una recuperación–Si no tienes la fuerza suficiente, yo la tendré por ti.  De algún modo supe que ese voto de confianza era exactamente lo que necesitaba en aquel momento. Me invadió una sensación de seguridad que tranquiló en seguida. Pude entonces imaginar que si me quitaba la vida, me perdería del amor de un hombre maravilloso,  de la graduación de mi hermana como Médico Pediatra y de cientos de libros que no pasarían por mis manos.

Hoy, cuando escribo estas líneas tres años después, me doy cuenta de que he reunido bastante valor y he llorado muchas lágrimas. El nivel de recuperación donde me encuentro, que no es del 100%, no sé si alguna vez lo será, me ha permitido enamorarme, acompañar a mis hermanos en sus procesos profesionales y leer un montón de libros buenos. Hoy puedo decir que he conocido y vivido el sufrimiento a un nivel extremo de dolor  y  por eso creo que puedo ver la vida desde el otro plato de la balanza. No soy ni estoy perfecta. Lo que sí sé es que ya soy capaz de sentir y expresar mi agradecimiento a terapeutas, enfermeras y médicos; ya puedo reconocer  la solidaridad y el cariño de toda mi familia; ya puedo valorar  el amor y la paciencia de mi novio,  el apoyo y confianza de mis amigos… Todos han confiado en mí y todos me han ayudado en su medida y capacidad a combatir este monstruo interior que nos come las entrañas a quienes padecemos su tiranía.

Por favor, quienes oyen o leen esto, permítanme aplaudir, de pie, a todos los profesionales que viven entregados a estos procesos de recuperación y que abren a tantos otros, como a mí, la posibilidad de reinserción familiar, laboral  y social. Ojalá muchas más personas busquen recuperarse y este escrito sirva para recordar y dar un testimonio humilde, pero sincero, como el mío.

Amante del té, las letras y la buena literatura. Sobreviviente de un trastorno alimenticio y orgullosa maestra de danza.

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Sobre mí

Sobre mí

Mi nombre es Lucía y vivo en una constante paradoja. En cuestiones de segundos paso de la euforia a la depresión, de la calma al caos y de la locura a la sensatez. Estos conflictos me han demostrado que las dualidades y contradicciones vienen a construir lo que significa vivir en consciencia y plenitud.

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