Las maletas

Estoy en el aeropuerto para irme a estudiar junto a Rodrigo una maestría a los Estados Unidos. Llevo tres maletas; dos llenas de ropa y una de comida pero a pesar de llevar un montón de cosas, siento que voy desnuda. Pienso en todo lo que me hará falta de mi país y la sensación hace que me quiera regresar corriendo a los brazos de mamá. Me imagino en todos los pequeños momentos que estoy dejando ir, como los abrazos de mi terapeuta, los momentos de ejercicio en la sala de mi mamá, las risas de mis alumnos y los interminables ensayos de un sábado por la tarde. Pienso también en lo bello de mi cultura, su comida, su gente y la habilidad de convertir en algo chistoso hasta las más grandes tragedias.

Abrazo a mis papás por una última vez en no sé cuánto y sus abrazos hacen que me mantenga en pie. No importa si los veo en uno o seis meses, la espera se sentirá demasiado larga. Les repito una y otra vez que los amo porque es verdad; mi afecto ha permanecido sobre cualquier circunstancia atravesada los últimos cinco años de recuperación.

También, les agradezco por no solo darme la vida, sino por llenarme de vida cuando me sentía vacía y por apoyarme a perseguir sueños como éste, que suenan locos para cualquier persona en sus cinco sentidos.

Tomo aire e intentando no llorar, agarro mis maletas y voy a hacer la fila para abordar. Antes de irme, volteo para ver a mis papás una vez más. Como siempre, ahí están, viéndome con orgullo la forma en la que siempre intento salir adelante. Entonces, me doy cuenta que no llevo las maletas llena de ropa, sino de recuerdos. En cada maleta están marcadas las historias de mis alumnos, las innumerables veces que mi mamá visitó mi departamento para consolarme, el increíble humor de mi papá y el incondicional afecto de mis hermanos. Llevo tantos recuerdos dentro que si lo pienso bien, tres maletas me parecen muy poco para todo lo que traigo conmigo.

A la lejanía me despido de mis papás y recuerdo que ahora es mi momento de transformar esta nueva oportunidad en un momento de aprendizaje y me prometo volver, con más ganas, más afecto y sobre todo, más salud.

Amante del té, las letras y la buena literatura. Sobreviviente de un trastorno alimenticio y orgullosa maestra de danza.

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Sobre mí

Sobre mí

Mi nombre es Lucía y vivo en una constante paradoja. En cuestiones de segundos paso de la euforia a la depresión, de la calma al caos y de la locura a la sensatez. Estos conflictos me han demostrado que las dualidades y contradicciones vienen a construir lo que significa vivir en consciencia y plenitud.

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La vida en paradoja