El vacío que habita en mí

Sentí el vacío por primera vez a los catorce años, cuando en mis problemas adolescentes no podía encajar en ningún círculo social en mi secundaria. Me sentía sola y el vacío comenzó a ser mi fiel acompañante. Poco a poco creció dentro de mí, me convertí en una persona deprimida, enojada y con un gran desprecio por mi misma. Con el tiempo, el vacío comenzó a tomar poder y logré hacerlo tangible. Si no ingería alimento, podía sentir el hambre desgarradora y la sensación de nada era similar a la tristeza del alma. Entonces, el vacío se apoderó de mí y la enfermedad se instaló en mi ser. En poco tiempo, pasé de ser una adolescente saludable a una persona con anorexia. Me enfermé hasta quedar en los huesos y entre más peso perdía, el vacío acaparaba más lugar. El hueco en el estómago me hacía sentir plena, poderosa y en control; del hueco en el corazón no puedo hablar, ese se clavó en lo más profundo de mi ser. Entonces, la anorexia se volvió mi mejor amiga, me dio una identidad, un lugar en mi familia y encontré la gratificación tangible que no sentía dentro de mí. La enfermedad me sedució y creí ciegamente en sus demandas. Comencé a ofrecer mi desayuno, a purgarme y a realizar ejercicio en exceso; todo con la finalidad de encontrar en el vacío del estomago la sensación de triunfo que no hallaba dentro. El vacío me prometió felicidad pero como un hoyo negro, solo se llevó mi voluntad y ganas de vivir. 

Después de años de sufrimiento, decidí quitarle poder al vacío. Tenía que encontrar otros recursos ya que sino, la soledad me terminaría matando. Al principio me encontraba renuente, no podía entender como viviría sin mi identidad de una persona con anorexia; la enfermedad se había llevado mucho pero también me había traído ciertos beneficios que atesoraba dentro de mi. Poco a poco me reconstruí y encontré en las palabras de mi terapeuta el amor que por años estuve buscando dentro de mi. Aprendí entonces, ha ser más condescendiente conmigo misma y a encontrar en mi actividades diarias pequeñas sensaciones de triunfo que me acercarán a la vida y le quitarán poder a la soledad. Comencé a disfrutar de la lectura, de la escritura y de una tarde de café con mis amigas. Me envolví en la salud y mediante un arduo trabajo, le quité poder a la insatisfacción. 

Después de seis años en tratamiento, el vacío se ha hecho más pequeño. En momentos, aún le gusta regresar y recordarme que ahí está dentro de mí, esperando a que recaiga en viejas conductas. Insistiéndome que en la restricción de mi alimento está la felicidad pero hoy, a pesar de los problemas que naturalmente me presenta la vida, me gusta pensar que soy más que la anorexia. He encontrado el amor en pareja, he reconstruido la relación con mi familia y he hecho un sinfín de amistades. Viendo para atrás, me gusta agradecer al vacío por enseñarme la soledad, el tormento, la tristeza y la insatisfacción porque hoy, puedo disfrutar el otro lado de la balanza. Soy feliz porque me he encontrado a mí misma y el enorme vacío que habita dentro de mí, por fin ha perdido su fuerza. 

Amante del té, las letras y la buena literatura. Sobreviviente de un trastorno alimenticio y orgullosa maestra de danza.

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Nosotras

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Mi nombre es Lucía y vivo en una constante paradoja. En cuestiones de segundos paso de la euforia a la depresión, de la calma al caos y de la locura a la sensatez. Estos conflictos me han demostrado que las dualidades y contradicciones vienen a construir lo que significa vivir en consciencia y plenitud.

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